Profesor Juan Carlos Aguilera Pérez

Doctor en Filosofía y Letras. Biólogo.

Profesor Universitario

Universidad de Los Andes.

@Jcaguilerap 

Punto Tecnológico

Las expresiones y opiniones formalmente objetivadas en esta columna de opinión, son de responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Punto Tecnológico como tampoco lo compromete, desde ningún punto de vista. 

¿Cansado de vivir, cansado de que otros vivan?  Sobre la Eutanasia.

Profesor Juan Carlos Aguilera P.

 

En La muerte íntima (La mort intime), libro maravilloso y cargado de profundos e insondables testimonios que nos retratan esos momentos últimos de la existencia, asolada por una enfermedad incurable o terminal. Marie de Hennezel que se ha dedicado durante años a la atención y cuidado de enfermos terminales, se propone “explorar un milagro”. Y es que, “cuando la muerte está próxima, cuando reina la tristeza y el sufrimiento, todavía es posible encontrar vida, todavía puede haber alegría, sentimientos y cambios del alma de una profundidad y de una intensidad tales como no se habían vivido antes”.

Así, en la oscuridad del sufrimiento y la inexorable cercanía de la muerte, paradójicamente, es posible aún encontrar la sinfonía de la vida. Y encaminarse a “cruzar el umbral de la esperanza”, mostrando lo mejor del hombre. “El valor de los últimos instantes de la vida, el increíble privilegio que puede suponer el hecho de ser testigo de tales momentos”, adquieren un sentido entrañablemente humano.

Porque “el tiempo que precede a la muerte puede ser también el de una realización personal y de una transformación del entorno. Es un tiempo que puede estar lleno de vivencias en un territorio más sutil e interior, el de la relación con los demás”. Sí, “también cuando ya no hay solución puede uno amar y sentirse amado, y muchos enfermos, en el momento de dejar este mundo, nos han dirigido este mensaje apremiante: no dejéis pasar de largo la vida, no dejéis pasar de largo el amor”.

En cierto sentido, como se lee en el prólogo del texto, la muerte puede hacer que un ser humano llegue a ser aquello a lo que estaba llamado desde su origen; la muerte puede ser, en el sentido más completo del término, un cumplimiento. Cumplimiento considerado como perfección, acabamiento, plenitud humana y personal.

En los enfermos, incurables, terminales, moribundos, la aproximación a una muerte cargada de humanidad y esperanza, de alguna manera está contenida en esos versos metafísicos de los Sonetos Sacros (Holy Sonnets) de John Donne, escritos en las primeras décadas del 1600 y que no han sufrido el desgaste del tiempo.

Muerte no te enorgullezcas,

aunque algunos te llamen poderosa y terrible,

puesto que nada de eso eres;

porque todos aquellos a quienes creíste abatir no murieron,

triste muerte,

ni a mi vas a poder matarme,

……………..de qué te jactas,

tras un breve sueño despertamos a la eternidad y

la muerte dejará de existir,

muerte morirás.

La esperanza es el motor del espíritu humano y el enfermo incurable, terminal, moribundo, puede tener esperanza, “pequeñas esperanzas”, así se refería Margaret Somerville, en el Calgary Herald el año 2009. Pequeñas esperanzas, como el hecho de permanecer vivo hasta el nacimiento de un nieto, asistir a la boda de una hija, encontrarse con un viejo amigo o presenciar un día más del amanecer y el canto de los pájaros.

El mismo sentido esperanzador y a la vez de sosiego interior experimentó la psicóloga suiza Elizabeth Klüber-Ross, quién dedicó su vida al estudio del dolor y la muerte que está contenido en gran parte, en su obra reconocidamente clásica, Sobre la muerte y los moribundos. (On Death and Dying), publicada en 1969.

Poco antes de morir, Elisabeth Kübler-Ross completaba con la ayuda de David Kessler la obra, Sobre el duelo y el dolor: Cómo encontrar sentido al duelo a través de sus cinco etapas. (On Grief and Grieving: Finding the Meaning of Grief Through the Five Stages of Loss), publicada el 2005, un año después de su muerte.

En las páginas finales Elizabeth nos confidencia: “Sé que la muerte está cerca pero aún no llega. Me encuentro aquí sentada como otras muchas personas se han encontrado a lo largo de la historia, en una cama rodeada de flores y mirando a través de un gran ventanal. El sentido de la vida no consiste solamente en conocer las cinco fases.

No se trata solamente de la vida que se pierde, sino de la vida que se ha vivido. Escribir este libro me ha proporcionado la manera de continuar sintiéndome útil en mi vida, a pesar de que se esté acabando”. Y, en el mismo texto David Kessler describe el modo en que Elizabeth acogió su muerte: «Cuando se enfrentó a la muerte, me llamó y dijo simplemente “ven”.

Durante cuatro días, sus hijos, otra buena amiga, Brook, y yo nos quedamos junto a su cama, preguntándonos si aquél iba a ser el fin o si ella iba a sorprendernos con otra de sus recuperaciones. Conforme las horas se trocaron en días, vimos que aquella mujer que había escrito más de veinte libros sobre la agonía estaba claramente agonizando… Su muerte no incluyó ningunas medidas extraordinarias, porque ella no era así.

Su muerte tuvo, en cambio, todos los placeres corrientes que con tanta pasión había descrito a lo largo de los años: su habitación, en casa y lejos del hospital, con muchas flores, un gran ventanal, sus seres queridos, sus nietos y sus hijos jugando a los pies de la cama.

En la cotidianidad de su muerte, ella alcanzó la paz y la aceptación, la clase de muerte para todos los moribundos con la que ella soñaba desde hacía décadas». El relato de David Kessler, tan íntimo y la vez de una serena naturalidad, confirma que se muere como se vive. Pues, Elizabeth, cuya vida estuvo volcada al estudio del dolor y de la muerte, enseñó con su testimonio y ejemplo, a afrontar la muerte con dignidad y sosiego a una sociedad que preferiría ocultarla.

Luchó por evitar que el proceso y acto de morir, no obstante, el sufrimiento, se convirtieran en algo despersonalizado y deshumanizante. Frente a los testimonios de Margaret y Elizabeth, de tan profunda humanidad, aparecen no pocas voces enarbolando la eutanasia.

Denominada “muerte dulce”, si vamos a la raíz etimológica de la palabra. La eutanasia, con un aparente sello humanitario y de compasión, se presenta como la solución al sufrimiento que experimentan los incurables y moribundos. Quizás el primer equívoco al plantear una solución semejante consista, justamente, en que la vida humana y personal de quién está aquejado por una enfermedad terminal, sea un problema para resolver.

Por supuesto que quiénes vivimos experimentamos problemas y muchas veces acuciantes, dramáticos y dolorosos. De hecho, desde una perspectiva antropológica, el maestro Leonardo Polo, ha definido al hombre como un solucionador de problemas.

Pero la vida humana y la persona en sí misma considerada, desde luego, no es un problema; no lo es y nunca lo será. No obstante, de acuerdo con ese poder que posee el hombre de cambiar la realidad, tal como pensaba Platón.

El maestro Rafael Alvira, en un texto imperdible, que denominó. ¿Qué es el Aburrimiento?, plantea que el ser humano puede convertir la vida misma en un problema cuando producto de una vida demasiado cómoda, no sabe cómo ocupar su tiempo y se aburre.

Es decir, ab-horrere, llegar a odiar su propia existencia. Pienso que la distinción realizada, tanto por Gabriel Marcel como por Romano Guardini entre problema y misterio ayuda a una mejor comprensión acerca de en qué consiste la vida humana incluyendo la muerte.

La vida humana es un misterio, algo maravilloso y profundo, que no puede explicarse ni resolverse con categorías estadísticas o técnicas. El misterio en qué consiste la vida de cada uno de nosotros solo puede profundizarse, amando. Y así, podremos alcanzar una cierta comprensión acerca de quiénes somos.

En cambio, un problema se resuelve y ya está, desaparece. No así el misterio en que nosotros consistimos. La distinción entre misterio y problema no es irrelevante y está, a mi modo de ver, en la raíz de la forma en que consideramos a la persona en estado de fragilidad extrema. Ahora bien, si tratamos a un moribundo y a la muerte como un problema, buscaremos soluciones técnicas para resolverlo.

Así, para la muerte vista como un problema, la respuesta es la eutanasia y la solución técnica una inyección letal. Desde esta perspectiva, se entiende que la eutanasia, es una solución técnica al sufrimiento que experimenta el enfermo terminal, desahuciado, incurable y moribundo. En cierto sentido, la tecnificación de la medicina ha configurado la sensación que la muerte se decide o, al menos, el que hay que tomar decisiones médicas que obligan a Cicely Saunders mujer y médico ejemplar, promotora del movimiento Hospice que ha dado un sentido trascendente al tratamiento de los enfermos incurables, para que tengan una muerte dulce y digna, de verdad.

En el texto, que cala el corazón y no deja indiferente. Velad conmigo: Inspiración para una vida en Cuidados Paliativos. (Watch with me: inspiration for a life in hospice care) refiriéndose a la eutanasia afirma que, “el movimiento moderno proeutanasia voluntaria, organizado ahora de diferentes formas alrededor del mundo, pretende poner a disposición del que lo elija un acortamiento legalizado del tiempo disponible”. “La existencia de una opción legal para proporcionar un atajo hacia la muerte implica concederle ya poco valor a la persona que se está muriendo y al proceso que dicha persona está realizando”. “Los que acompañan a los individuos en esta situación confirmarían lo mucho que perdería la persona que se está muriendo y su familia si este tiempo se acortara.

Los psiquiatras nos dicen que el suicidio conlleva el más devastador de los duelos, dejando sentimientos intolerables de rechazo y culpa a los que quedan. Pero aquellos que creen en un derecho legal a poner fin a la vida minarían la paz de espíritu y la ausencia de miedo de muchas personas vulnerables (“no soy más que una carga, no debo esperar que otros me cuiden”), y tienen además la responsabilidad de ayudar a las personas que se encuentran en esa situación.

Pueden ayudar dedicándose a cuidar activamente, fomentando la preocupación social o comunitaria, o intentando animar a otros a descubrir cuánto se puede ganar viviendo hasta que llegue la muerte”. Con la sencillez y sabiduría de quién ha acompañado a muchas personas en el tránsito hacia la muerte, Cicely Saunders, en un par de párrafos, nos ha develado lo que es central con relación a la eutanasia, desde una perspectiva antropológica con mirada trascendente. Así, advertimos que, detrás de la compasión presente en la mentalidad eutanásica, respecto de aliviar el dolor y sufrimiento que padece el enfermo incurable y moribundo.

Nos encontramos con algo desesperanzador. No valorar de verdad la vida de la persona moribunda y su proceso natural hacia la muerte. No aguantarla en su sufrimiento y afirmar que no merece vivir ya que es una molestia. Provocar que la misma persona se considere a sí misma una carga que hay que desestibar, un sobrante y desechable, en palabras de Francisco.

Y, privar a los que realmente le aman, la posibilidad de acompañarle hasta el final. También se priva a la sociedad, especialmente a quienes desprendida y generosamente realizan una auténtica obra de servicio social, ayudando con su sola presencia a quienes están en el tránsito a la casa del Padre.

Así lo vivió, por ejemplo, Bárbara Galton una enferma joven, ciega, que sufría una parálisis progresiva, y que estuvo en diferentes secciones del Hospital de St. Thomas los siete años en que la trató y fue una ayuda para Cicely Saunders.

La historia de Bárbara es una historia de triunfos y de una preciosa amistad llena de risas. Ella llegó a creer a través de su enfermedad. Una vez le dijo a un estudiante de medicina: “Algunas personas pueden leer la Biblia y obtienen ayuda, otros van a la Iglesia y allí obtienen ayuda, pero Él se ocupa de mí de una manera diferente, Él me envía gente””. Bárbara Galton es la autora del nombre, St. Christopher Hospice, institución que costó construir 19 años a Cicely Saunders, desde el momento que David Tasma.

Enfermo terminal y refugiado de Polonia superviviente del gueto de Varsovia que cuando murió, en febrero de 1948, le dejó una donación de 500 libras y el siguiente estímulo: “Yo seré una ventana en tu Hogar”. Ese hogar fue el St. Christopher Hospice. Un hogar que preside el patrono de los viajeros que hacen una parada en su viaje personal a la vida eterna.

En el fondo, como lo afirma la misma Cicely Saunders, de una manera que difícilmente alguien sin su fineza de espíritu y honda vida interior hubiera podido expresar con semejante claridad, “la respuesta cristiana al misterio del sufrimiento y de la muerte no es una explicación sino una Presencia”.

Recurriendo al sabio J.R.R. Tolkien podríamos decir que el tránsito hacia la muerte, hacia esa Presencia Personal, resulta una auténtica Eucatástrofe. Es decir, un final gozoso que supera todos los males aparentemente invencibles y termina en un fructífero vivir feliz por siempre jamás. Antropológicamente hablando, como recuerda el filósofo italiano, Michele Federico Sciacca, en un antiguo texto denominado Muerte e inmortalidad.

La muerte es siempre muerte de alguien, es un acto personal, íntimo y social a la vez, que conlleva, un dolor total, como lo llamó Saunders. “Pronto quedó claro que cada muerte era tan personal como la vida que la precedió y que toda la experiencia de esa vida se reflejaba en el proceso de morir de cada paciente.

Esto condujo al concepto de “dolor total”, que se presentaba como un conjunto complejo de elementos físicos, emocionales, sociales y espirituales. La experiencia global de un paciente incluye ansiedad, depresión y miedo; preocupación por la familia que pasará por el duelo, y, a menudo, una necesidad de encontrar algún sentido a la situación, alguna realidad más profunda en la que confiar”.

Así, la muerte es un auténtico acontecimiento y un misterio a la vez, nunca un hecho puramente técnico. No es posible sustituir la pena de la separación por la decisión de matar, implícita en la eutanasia. La muerte de una persona, en un sentido fuerte, nunca es la muerte del otro, sino la de un próximo, de un hermano.

Probablemente, por eso el maestro Josef Pieper, en el texto homónimo al de Sciacca, comentaba que “el morir no es algo que pasa sobre nosotros, mientras permanecemos pasivos; la muerte es, junto con lo inevitable, también una acción del hombre mismo; un acto en que él dispone de su anima en una forma en que no le fue dado disponer hasta ese momento de la muerte: es decir, una disposición sobre su vida y sobre sí mismo”.

Quizás quién mejor ha retratado dicha experiencia desde una perspectiva, no únicamente reflexiva, sino vitalmente experimentada fue C.S. Lewis, a propósito de la muerte de su esposa.

En el texto Una pena observada (A Grief Observed), libro considerado como un hombre emocionalmente desnudo en su propio Getsemaní. Lewis, expresa con fineza y profundidad los momentos finales que compartió con Helen Joy Gresham. “Es increíble la felicidad, incluso la alegría, que a veces tuvimos juntos cuando ya había terminado toda la esperanza. ¡Cuánto tiempo, con qué serenidad, de qué modo tan nutricio, conversamos juntos esa noche última!”

Algo parecido ocurrió con la muerte del psiquiatra español Juan Antonio Vallejo Nájera que quedó estampada en el libro La puerta de la esperanza. Libro testimonio escrito en los últimos dos meses de su vida. Redactado en conjunto con José Luis Olaizola y publicado en 1990.

Cuando a Juan Antonio en una entrevista del año 1983, le preguntan qué piensa acerca de su muerte, respondió: “Presiento que la muerte está próxima y es la única tarea importante que me queda por realizar. Pero de no realizarla de cualquier modo. Hay una tradición en España de la buena muerte. Estoy leyendo ahora mucho sobre este tema. Existió una mística del siglo XVII, llamada Marina de Escobar, de quien se dice: Doña Marina de Escobar, quién con acuerdo prudente, se sonrió muriendo. Pues eso”.

Y, Olaizola prosigue. “Siete años después Juan Antonio, con acuerdo prudente, imitó el ejemplo de la mística del siglo XVII”. Por otra parte, el testimonio de la enfermera australiana Bronnie Ware, con relación a su trabajo en el cuidado de enfermos incurables y moribundos, es igualmente una luz de esperanza ya que con la muerte no está dicha la última palabra. Así puede advertirse en la experiencia adquirida por el trato personal con los enfermos terminales y moribundos.

Primero compartida en un blog y luego transformada en un libro, cuya traducción al castellano, como Los cinco mandamientos para tener una vida plena, no le hace justicia al título original. The Top Five Regrets of The Dying: A Life Transformed by The Dearly Departing Gives Hope for a Better World. Me parece que como sigue, queda mejor y recoge la intención fundamental de la aurora. Los cinco principales arrepentimientos de los moribundos: una vida transformada por los seres queridos que se marchan, los que nos dan esperanza para un mundo mejor. (Agradezco a mi amigo Jorge Tricio quien me ayudó para dar con el tono adecuado de la traducción).

Bronnie cuenta en el texto que, “durante muchos años he trabajado en cuidados paliativos. Mis pacientes eran los que habían ido a casa a morir. Algunos momentos increíblemente especiales fueron compartidos. Estuve con ellos durante las últimas tres a doce semanas de sus vidas”. Bronnie Ware les preguntaba a sus pacientes moribundos, cuando al examinar su vida pasada y si tuvieran la oportunidad de hacerlo. ¿Qué hubieran hecho de manera distinta?

Las respuestas se tornaron en una serie temas comunes que surgieron una y otra vez de manera muy semejante. Hallazgo que finalmente Bronnie sintetizó en cinco pesares o remordimientos humanos que experimentaban los moribundos al examinar su vida en el tránsito inminente a la muerte y que posteriormente se publicó, en el texto ya citado.

Lo que encontró Bronnie Ware fue lo siguiente: El primero y más común de todos los arrepentimientos se resume en la sentencia. “Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir una vida fiel a mí mismo, no la vida que otros esperaban de mí”.

Resulta interesante ver que tras una sociedad en la que la persona reivindica la autonomía como principio de acción a todo evento, se esconde una falta de libertad en las decisiones en orden al bien personal real. Un segundo remordimiento consiste en afirmar, algo sorprendente: “Ojalá no hubiera trabajado tan duro”.

Tal lamentación estaba mayoritariamente en los labios de los pacientes masculinos que cuidó. Ese afán enfermizo por el trabajo, le llevó a perder las más hermosas etapas de la vida de sus hijos, la niñez y juventud. Y, también perder de compartir y profundizar en la relación con la mujer que le acompañó durante toda su travesía terrena. Así, la totalidad de los pacientes masculinos, se quejaron de haber gastado su vida en una existencia centrada en el trabajo, que no daba lo que prometía.

Las mujeres también se refirieron a este pesar, pero no con la insistencia que lo hicieron los varones. Otra aflicción que los pacientes moribundos expresaron se sintetiza en la siguiente convicción, en cuanto verdad hallada. “Ojalá hubiera tenido el coraje para expresar mis sentimientos”. Muchas personas suprimieron sus sentimientos con el fin de mantener la paz con los demás.

Como resultado, se conformaron con una existencia mediocre y nunca llegaron a ser lo que eran realmente capaces de llegar a ser. En este sentido no hay que dejar de tener en cuenta que, muchas enfermedades se desarrollan como resultado de la amargura y el resentimiento existencial, por falta de una adecuada educación sentimental. Otra constatación profundamente humana y qué por los estilos de vida modernos se nos olvida cultivar y que al final de la vida nos podemos llegar a lamentar, se resume como sigue: “Me hubiera gustado haber estado en contacto con mis amigos”.

A menudo las personas cuando gozan de buena salud, no se dan cuenta realmente de los beneficios de los viejos amigos. Solo después de algunas semanas de convalecencia, aparece el vacío de no tenerlos y desafortunadamente no siempre es posible localizarlos. Muchos de los enfermos, habían llegado a estar tan atrapados en sus propias vidas que dejaron que aquellas amistades, se desvaneciera por el paso y el desgaste de los años. Además, cuando uno se enfrenta con su muerte de cerca, los aspectos materiales de la vida pierden la valoración en que se les tenía. Aunque es verdad que la gente quiere tener sus asuntos financieros en orden si es posible. Pero no es el dinero o el estatus lo que tiene una verdadera importancia para ellos.

Quieren poner las cosas en orden más para el beneficio de aquellos a quienes aman. Por lo general, sin embargo, están demasiado enfermos y cansados para dar cumplimiento a esa tarea. Y, después de ese repaso por los pesares, aflicciones y arrepentimientos comunes a los enfermos moribundos.

Bronni Waer, nos dice que “al final de todo se reduce al amor y las relaciones”. Eso es todo lo que queda en las últimas semanas, el amor y la amistad. Y, que la felicidad es una elección.

Como fruto de sus conversaciones Bronnie Waer, llega a conclusiones semejantes a quienes han tenido un trato, íntimo y personal con los enfermos incurables y moribundos. Pues, “las personas maduran mucho cuando se enfrentan a su propia muerte. Aprendí a nunca subestimar la capacidad de una persona para crecer.

Algunos cambios fueron fenomenales. Cada uno de ellos experimentó una variedad de emociones, como es de esperarse, la negación, el miedo, el enojo, remordimiento, más negación y finalmente la aceptación. Sin embargo, cada paciente encontró su paz antes de partir; cada uno de ellos”. ¿De qué otro modo podría ser, cuando la persona ha sido acogida, acompañada y tratada con ternura y cariño?

Lo atestigua la Madre Teresa de Calcuta, conocedora como el que más de los pobres de entre los pobres, especialmente de los moribundos solos y desamparados.

Así se puede constatar en las reglas manuscritas que escribió el año 1947 y que vivió junto a las misioneras de la Caridad. Refiriéndose a los moribundos se puede leer: “Las hermanas pondrán toda la ternura y todo el amor en aquellos que están dejando este mundo –de modo que el amor de Jesús les atraiga y se reconcilien con ÉL. -Rezarán junto al moribundo y se asegurarán de que el sacerdote sea llamado a tiempo. – Si la persona no tiene a nadie –la Hermanas prepararán su cuerpo para el funeral. -” El texto completo se puede leer en Madre Teresa. Ven, sé mi luz. Las cartas privadas de la “Santa de Calcuta”.

Ahora bien, después de conocer los testimonios recién compartidos y transidos de esperanza, no obstante, la cercanía y sufrimiento provocado por la enfermedad ante una muerte inminente ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Llegar a plantear incluso el derecho a morir? ¿Desconociendo lo evidente, que ningún derecho puede existir, en la medida que todo derecho supone la existencia de la vida humana? ¿O, peor aún, que el matar a una persona que experimenta dolor y sufrimiento en una enfermedad terminal, pase del carácter de “delito” a asumir paradójicamente el de “derecho” hasta el punto de pretender con ello un verdadero y propio reconocimiento legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención de los mismos agentes de la salud?

Atentado que sacude la vida humana en situaciones de máxima precariedad y fragilidad, como es el caso de un enfermo moribundo. Más grave aún, por cierto, es que dicho acto se produzca dentro y por obra de la familia, que por antonomasia está llamada a ser santuario de acogida y protectora de la vida. David Le Breton en su Antropología del dolor, (Anthropologie de lu doleur) puede darnos una pista.

Le Breton sostiene que, el sufrimiento es un reclamo para vivir con mayor intensidad y conciencia de existir. Y, que la modernidad le ha querido quitar el sentido profundo del dolor a la vida humana, de forma que se ha dejado al hombre sin saber su significado y sin coordenadas para integrarlo en su vida.

Por ello “la solicitud de la eutanasia nace de la renuncia vital de un enfermo cuyos últimos días carecen de significado, privado del reconocimiento de los otros”. ¿Y, en dónde podemos buscar las causas de tal estado de cosas, tales como que la persona ha perdido el sentido y significado de su propia existencia que le lleva a una solicitud y ruego de que la maten y que esté respaldado jurídicamente quien lo haga, para evitar el dolor y sufrimiento del enfermo terminal?

Me parece que en la Evangelium Vitae, que no vamos a citar para hacer más ágil la lectura, podemos descubrir las claves antropológicas y ético sociales que permiten comprender mejor como hemos llegado hasta aquí. Podemos decir que, en un sentido fuerte, estamos en la presencia de la sombra y oscuridad en que consiste la “cultura de la muerte”.

Caracterizada por una serie de síntomas y signos que se manifiestan en la vida social, familiar y personal del hombre contemporáneo y que van configurando una mentalidad eutanásica con relación a los enfermos terminales y moribundos. Veamos. Asistimos a una sociedad en la que hay un ambiente cultural que no ve ningún significado o valor en el sufrimiento. Lo considera el mal por excelencia, que se debe eliminar a toda costa, perdiendo el valor que pudiera tener, no en sí mismo, sino en cuanto “megáfono de Dios”, en expresión de C.S. Lewis.

Además, nos encontramos con diversas dificultades existenciales y relacionales; agravadas por la realidad de una sociedad compleja, en la que las personas, los matrimonios y las familias se quedan con frecuencia solas y abandonadas con sus problemas.

Se añade a ello, una profunda crisis de la cultura que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber y de la ética haciendo cada vez más difícil ver con claridad el sentido del hombre, de sus derechos y deberes. Hay detrás, de todo esto, una concepción de la sociedad basada en la eficiencia y la vida que más necesita de cuidado, acogida y amor es considerada como inútil o como un peso insoportable y, por tanto, despreciada de muchos “sobrante”, “desechable”. Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como enemigo del que hay que defenderse y eliminar.

Y así, en un contexto social y cultural que haciendo más difícil afrontar y soportar el sufrimiento ayuda a la tentación de resolver el problema del sufrimiento eliminándolo en su raíz anticipando la muerte al momento considerando como técnicamente más oportuno. En tal modo de concebir al hombre y la vida, encontramos una trágica expresión de todo ello en la eutanasia, encubierta y subrepticia, practicada abiertamente o incluso legalizada.

A veces más que por una presunta piedad ante el dolor del paciente, es justificada a veces por razones utilitaristas, de cara a evitar gastos innecesarios demasiado costosos para la sociedad. Estamos aquí ante uno de los síntomas más alarmantes de “cultura de la muerte”, que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad de eficiencia que presenta el creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo demasiado gravoso e insoportable.

Más a menudo, éstos se ven aislados por la familia y la sociedad organizadas exclusivamente sobre la base de criterios de eficiencia productiva (homo faber), según las cuales una vida irremediablemente inhábil no tiene ya valor alguno. Se propone así la eliminación de los recién nacidos malformados, a minusválidos graves, de los impedidos, de los ancianos, sobre todo si no son autosuficientes, y de los enfermos terminales.

En el enfermo moribundo, que experimenta abatimiento por su fragilidad extrema, encontramos un sentimiento de angustia, exasperación e incluso desesperación provocado por una experiencia del dolor intenso y prolongado. Que supone, incluso, una auténtica prueba para el equilibrio de la vida familiar y personal, lo que puede hacer surgir un sentimiento comprensible, aunque de equivocada piedad que llegue a justificar la inyección letal.

No obstante, la cuestión antropológica de fondo reside en que el hombre cuando se considera desligado de Dios, cree ser criterio y norma de sí mismo y piensa tener el derecho de pedir incluso a la sociedad que la garantice posibilidades y modos de decidir sobre la propia vida en plena y total autonomía.

Es la visión prometeica el hombre, que se cree señor de la vida y de la muerte porque decide sobre ellas, cuando en realidad es derrotado y aplastado por una muerte cerrada irremediablemente a toda perspectiva de sentido y esperanza.

¿Qué ha ocurrido, entonces? La mentalidad eutanásica, olvidado qué si bien el sufrimiento provocado por el dolor del enfermo incurable y moribundo debe ser en lo posible eliminado, no lo debe ser el enfermo. Hay que liquidar el dolor, no a la persona que lo sufre.

La mentalidad eutanásica olvida, también, los dos principios claves de la medicina paliativa, propuestos por Gonzalo Herranz. En primer lugar, hay que saber que los seres humanos somos guardianes de la dignidad de otros seres humanos. Y, en segundo lugar, el enfermo es el débil que necesita ser acogido, aceptado y protegido.

De otro modo se pervierte el fundamento mismo del origen de la vida humana con sentido. Es decir, que el amor engendra vida, no muerte. Desde luego, no se trata de sufrir por sufrir como una mente sádica y enferma. Los testimonios de los moribundos que hemos tenido la fortuna de conocer nos enseñan que siempre hay una luz de esperanza y que no es el sufrimiento el que los ha hecho mejores. Ha sido el amor, la ternura, acogida y comprensión que han recibido, hasta el último instante de su vida. En el fondo ha sido el modo en que han vivido a través del sufrimiento.

La mentalidad eutanásica ha quedado retratada de una manera amarga y triste, en la película Mar Adentro, que intento llevar al cine la vida de Ramón san Pedro quién llegó a exclamar: “Si me amas, ayúdame a morir”, como recuerda Miguel Ángel Monge en el texto. Sin miedo: Cómo afrontar la enfermedad y el final de la vida. Ante la triste y amarga exclamación. ¡Si me amas, ayúdame a morir!

Habría que responder con Gabriel Marcel. Amar a una persona es afirmar. “! Tú no morirás jamás ¡” Porque el amor siendo lo eterno, vence incluso a la muerte. De este modo, podemos repetir las sabias palabras de John Donne. Muerte, morirás.

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